Amores (im)posibles
En el fondo los dos sabíamos que nuestro romance nació con fecha de vencimiento. Eso sí: el hecho de que el idilio tuviera un pronóstico tan desfavorable no nos desanimaba. Los chismosos rumoreaban que habíamos perdido la chaveta, como si nosotros no lo supiéramos. Esa era la gracia, precisamente. Quien necesite mantener la cordura, que monte una empresa de consultoría administrativa. Nosotros queríamos el desgobierno. Mientras nos produjera goce, ¿a quién le importaba si duraba una semana o dos meses?
Entonces éramos la argolla y el cerrojo, la luna y el río. Cuando estábamos juntos, cualquier pequeñez se tornaba grandiosa. Reíamos mucho, conversábamos hasta el amanecer, inventábamos una rumba de guaracha aunque no tuviéramos ni maracas ni tambores.
Una tarde, de improviso, sin ningún plan previo, nos fuimos para un motel de amores fugaces con la computadora portátil de ella y con una copia de Mejor... imposible que yo llevé. Al final, por supuesto, cedimos a la urgencia de amarnos y nos desentendimos de la película. A ambos nos encanta Nicholson, pero aquella vez no lamentamos en absoluto haberlo relegado.
En otra ocasión comenzamos a jugarnos una broma sin saber que acabaríamos viviendo un momento memorable. Fue un sábado por la mañana. La había dejado dormida para ponerme a escribir en la computadora. Al rato sentí algo húmedo en el rostro: era ella, que me untaba salsa de tomate. Celebró su travesura con una mofa burlona, y huyó a las carreras. La alcancé, la salpiqué de salsa; luego ella me repitió la dosis, y así. En esa tónica permanecimos varios minutos. Justo en el instante en que sentí que el juego se nos salía de control porque empezábamos a enojarnos, sucedió lo inesperado: embadurnados hasta el tuétano, nos dimos un beso, y por pura inspiración decidimos continuar en este atajo, que al final nos condujo a la gruta donde estaba el tesoro de Alí Babá.
Luego vinieron los días que se repiten como el repiqueteo monocorde de la llovizna en el tejado. La chanza que antes nos parecía divertida, después se nos antojaba aburridísima; el cuento que antes nos mantenía en vilo, después nos incitaba al bostezo. Descubríamos el conejo antes de que apareciera en el sombrero, perdíamos chispa y explosión. Además habían surgido ciertas expectativas que aniquilaron la frescura. Cada día nos distanciábamos más.
Una noche propuso que paseáramos en mi auto. Íbamos oyendo música sin decir nada. De pronto, se me ocurrió dirigirme a la casa donde ella vivía cuando empezamos el romance. Entonces sentí una nostalgia que no vacilaría en calificar como la más dolorosa de mi vida: la mujer que había conocido en ese lugar era la misma que iba conmigo en el coche, pero aquella les ponía alas a mis palabras y ésta me hacía enmudecer.
Recordé la idea del poeta Darío Jaramillo: los amores imposibles son eternos, pues el tiempo no los toca. Nosotros nos habíamos hecho el daño de volver posible nuestro amor, y ahora debíamos afrontar las consecuencias. Ya no podríamos seguir viviendo la historia, sino apenas limitarnos a contarla.
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