martes, 28 de enero de 2014

CINCO LIBROS INFANTILES QUE TODO ADULTO DEBE LEER

Cinco libros infantiles que todo adulto debería leer

 
 Menéalo
JAVIER PIZARRO
No hace falta estar atrapado por el síndrome de Peter Pan para ser un habitual de la literatura infantil. No es un mundo exclusivo para niños, maestros o padres. Muchos de los libros en principio destinados a los más pequeños son, por sus contenidos, ilustraciones y sobre todo por la belleza que encierran, un alimento indicado para todos los públicos, se tenga la edad que se tenga.
Decía José Saramago en su cuento para niños La flor más grande del mundo:
“¿Y si las historias para niños fueran
de lectura obligatoria para los adultos?
¿Seríamos realmente capaces de aprender
lo que, desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?”
Para un niño, estos volúmenes le sirven de ayuda para comenzar a comprender el mundo que le rodea y aprender a resolver conflictos. Un adulto, sin embargo, puede sacarles mayor partido, pues cuenta, en principio, con otras armas como la ironía, la costumbre al caudal de una historia y a las fotografías literarias que definen a los personajes. No lo dudes, estos libros están llenos de dobles lecturas, de grandes reflexiones filosóficas, de emotividad y, además, de unas ilustraciones que en muchos casos son toda una obra de arte.
Si ya nadie te cuenta un cuento antes de irte a dormir, te propongo cinco títulos que te harán viajar, volver a encontrar el niño que fuiste y acceder a nuevos e inesperados mundos.
1) Destroza este diario. De Keri Smith. Editorial Paidós.
Nos han enseñado que a los libros hay que respetarlos y cuidarlos. A todos, menos a este. La propuesta de Keri Smith, la autora de una bitácora en la web que atrae a más de 8.000 lectores diarios, se acompaña con unas instrucciones muy precisas de cómo hay que destrozarlo, vivirlo, recrearlo… Cada página nos pide una forma muy determinada, pero a la vez muy libre, de cómo interactuar con este ejemplar. Te propondrá que pintes con la lengua, que pongas cosas pegajosas, que lo arrastres por el suelo…. Todo depende de ti. Entra en el juego y se convertirá en adictivo y creativo. A veces no está mal dejar el Instagram para pasar a la creatividad más artesanal. Para completar y personalizar este libro, hay que remangarse y mancharse las manos.
“Durante el proceso de creación, te ensuciarás. Es posible que acabes manchado de pintura y otras sustancias. Te mojarás. Puede que te preguntes por qué te pido que hagas ciertas cosas. Y que recuerdes con pena el perfecto estado en el que encontraste este diario. A lo mejor empiezas a ver destrucción creativa por todas partes”, es la filosofía de Smith.
Y sí, una vez que hayas pasado a la acción con tus manos y tu creatividad, nada mejor que compartir tu destrozo en las redes sociales en twitter con la etiqueta #destrozaestediario y en Flickr con: Destroza este diario
2) Olivia. De Ian Falconer. Editorial Serres.
Conocer a Olivia y su energía ilimitada, su pasión por la belleza y su amor incondicional por el color rojo es algo tan delicioso que debería estar indicado en los vademecum. Olivia es una carismática cerdita salida de los lápices del artista neoyorquino Ian Falconer. Ha enamorado no sólo a los exigentes jurados de la Medalla Caldecott, que le concedió una mención de honor en el certamen de 2001, sino a millones de lectores de todo el mundo. No es raro ver por las librerías de Nueva York peluches y juguetes de Olivia vestida de diferentes maneras. Y es que la mayoría de situaciones que vive la pequeña cerdita suceden en la ciudad de los rascacielos. Dos ejemplos: el momento en que construye con la arena de la playa el Empire State Building o su personalísima e inteligente visita al Metropolitan Museum of Art.
Olivia, más que narrar una historia, es una serie de historias, muy adictiva por cierto, enfocada sin ningún tapujo a que el universo se enamore de ella con mucha facilidad. ¿Quién no se sentiría identificado con una cerdita a la que le gusta probarse vestidos, bailar o intentar superar nada menos que una obra de Jackson Pollock: “Eso lo pinto yo en cinco minutos”?
3) El árbol rojo. De Shaun Tan. Editorial Barbara Fiore.
Más que un cuento al uso, es un poema visual, a través de mundos imaginados por Shaun Tan. Las ilustraciones nos trasladan por un viaje que nos llevará desde la desesperación a la esperanza. Y ese viaje se realiza a través de metáforas que ayudan a describir sentimientos. Monstruos, tormentas, agua, viento, el arco iris… Las protagonistas son una pequeña niña que despierta tristeza y una hoja roja que la acompañará volando de escena en escena para plantear una historia con un ingrediente poco habitual en este tipo de libros: el desánimo y la desesperanza. Pero, por su puesto, encierra un mensaje de superación y optimismo.
El libro ganó el premio Patricia Wrightson en los NSW Premier’s Book Awards, y recibió el premio le Prix Octogones 2003 del Centre International d’Études en Litterature de Jeunesse.
4) El Principito. De Saint-Exupéry. Versión pop-up. Salamandra.
No voy a descubrir a nadie a estas alturas este libro, pero quizás sí la delicada y cuidada edición, en pop-up de la editorial Salamandra. Los integrantes del estudio gráfico francés Associeés Réunis han logrado trasladar el espíritu del original a este delicado formato, tras tres años de duro trabajo, que busca ser fiel a la obra de Saint-Exupéry. Posee una estética muy limpia y unos sorprendentes desplegables que hacen que entrar en el mundo de El Principito sea mucho más intenso. Pasar cada página y abrir cada pestaña para descubrir esos paisajes en tres dimensiones que imaginó Sain-Exupéry logra que por unos momentos el protagonista de la historia seas tú mismo, al verte obligado a interactuar con algunos de sus desplegables, respetando siempre las acuarelas del autor.
Es una obra delicadísima y que se presenta siempre en ediciones muy limitadas. El Principicito siempre fue un texto que hay que leer despacio, y ahora con cuidadosa delicadeza a la hora de interactuar con sus desplegables, que ofrecen sorpresas y deliciosos sonidos de papel.
5) Mamá fue pequeña antes de ser mayor. Valérie Larrondo y Claudine Desmarteau. Kókinos.
Es el más gamberro de esta selección. Para aquellas madres y para aquellos padres que han olvidado que algún día también se metían los dedos en la nariz, jugaban a los médicos con el vecinito del tercero, se les escapaba alguna palabrota o pintaban las paredes del salón con rotuladores… Ser padres, madres y en ocasiones adultos puede llegar a ser difícil y aburrido, y mucho más si olvidamos aquellos impulsos incontrolados que teníamos de pequeños y que tanto nos divertían, por los que nos ganábamos alguna bronca y nos hacían ser tan niños y tan atrevidos.
Es un libro ideal para confesar a los pequeños que los mayores tampoco fuimos niños perfectos. Y si no tenemos niños cerca, es un buen volumen para reírnos de nosotros mismos.

EL ÁRBOL ROJO Y LOS ALBUMES ILUSTRADOS

SHAUN TAN, su Árbol Rojo y los álbumes ilustrados…

http://www.trazosdetinta.com/shaun-tan-su-arbol-rojo-y-los-albumes-ilustrados.php
COVERSiempre en la búsqueda de nuevas ilustraciones que me sorprendan, y abierta a todo tipo de posibilidades artísticas, he descubierto (o redescubierto, gracias aPaola Pasquali que me lo recomendó) un autor al que conocía pero no había tenido la ocasión de detenerme en él: Shaun Tan, un ilustrador-autor australiano de origen oriental, que convencionalmente se catalogaría en literatura infantil/juvenil, pero que como muchas veces ocurre sería inapropiado encasillar en este género y que los adultos con nuestros prejucios nos perdiésemos estas maravillas ilustradas.
He elegido El Árbol Rojo por ser el más conocido y el que más admiro a nivel artístico, pero cuando me disponía a hablar sobre él he encontrado en la web del autor www.shauntan.net un análisis exhaustivo de cada una de sus obras, y lo he traducido del inglés; no soy quién para hacer divagaciones de esta obra cuando el propio creador las ha dejado por escrito! No me enrollo más, allá va:
“El Arbol Rojo es una historia, sin ningún tipo de narrativa en particular, una serie de distintos mundos fantásticos con imágenes independientes que invitan a los lectores a sacar su propio significado en ausencia de cualquier explicación escrita. Como concepto, el libro está inspirado en el impulso que tienen niños y adultos por igual para describir sentimientos usando como metáfora los monstruos, las tormentas, el sol, el arco iris y así sucesivamente. Más allá del tópico, he buscado ilustraciones que puedan seguir explorando las posibilidades expresivas de este tipo de imaginación compartida, que podría ser a la vez extraño y familiar.
Una niña sin nombre aparece en cada imagen, un sustituto de nosotros mismos, ella pasa sin ninguna ayuda a través de muchos momentos oscuros, pero finalmente encuentra algo esperanzador al final de su viaje.
El Arbol Rojo empezó como una narrativa experimental más que cualquier otra cosa: la idea de un libro sin historia. (…) Estoy cada vez más convencido de que la ilustración es una poderosa vía de expresión de sentimientos, tanto como las ideas, en parte porque está fuera del lenguaje verbal, y muchas emociones son difícil de expresar con palabras. Pensé que podría ser interesante crear un álbum ilustrado que tratase sobre las emociones, sin encuadrarlas en ningún contexto argumental, en cierto sentido va “directo a la fuente”
Lo que resultó después de muchos garabatos fue una serie de paisajes imaginarios sólo conectados por un mínimo hilo de texto y la silenciosa figura de la niña en el centro de cada uno, con los que el lector es invitado a identificarse. Al principio ella se despierta encontrando hojas ennegrecidas  cayendo desde el techo de su dormitorio, amenazando con acabar con su silencio. La niña camina por la calle, eclipsada por la sombra de una gran pez que flota sobre ella. Se imagina a sí misma atrapada en una botella lavada en una orilla olvidada, o perdida en un paisaje extraño. Es capturada en una pequeña embarcación por buques a punto de chocar, y después de repente está en un escenario ante un misterioso público, sin saber qué hacer.
Algo así como si toda esperanza estuviera perdida, la niña vuelve a su dormitorio y encuentra una pequeña plantita roja creciendo en el centro del suelo. La plantita crece rápidamente convirtiéndose en un árbol rojo que llena su habitación de una cálida luz.
Cada imagen está abierta a varias interpretaciones por la ausencia de una descripción que las acompañe. Cada “mínima” historia nos recuerda que así como los malos sentimientos son inevitables, siempre pueden ser atemperados por la esperanza.
En su origen, estaba planeando hacer ilustraciones sobre los tipos de emociones: miedo, alegría, tristeza, asombro y así sucesivamente.  Pero cuanto más trabajaba en ello, cuanto más encontraba emociones negativas (sobre todo sentimientos de soledad y depresión) eran mucho más interesantes desde un punto tanto personal como artístico.No es que sea una persona infeliz, es sólo que esas ideas parecen ser en última instancia las que provocan mayor reflexión.
Los lectores me han preguntado a veces por qué mi imaginario es a menudo tan oscuro,y pienso que es por eso. Estoy más atraído por aquellas cosas que no son siempre las correctas, como la injusticia social y ecológica de Los Conejos, o la apatía social en La Cosa Perdida, o algunas ideas  sobre la auto-destrucción en
El Telespectador. Encuentro estos temas artísticamente atractivos, quizás porque están sin resolver, como un puzzle.
Al mismo tiempo, disfruto de hacer un trabajo festivo (El Arbol Rojo lo es en última  instancia) pero cualquier significado aparente está siempre rodeado de incertidumbre. El árbol rojo puede florecer, pero también se morirá, de modo que nada es absoluto o definitivo; tiene que haber un reflejo fiel de la vida real, como algo que está continuamente en busca de una resolución”.
El debate está abierto señores: ¿son los albumes ilustrados sinónimos de libros infantiles,o más bien una convención cultural? La aparente simplicidad narrativa, aspecto visual, gran formato, son características exclusivas de este género? Esto no sólo me lo pregunto yo, sino el mismo Shaun Tan: “Se trata de mostrar y contar, una ventana para aprender a “leer” en un sentido más amplio, explorando relaciones entre las palabras, los dibujos y el mundo donde experimentamos todos los días. Pero ¿es esta una actividad que acaba en la infancia?, seguramente no esté exento de sofisticación o complejidad; sabemos intrínsecamente que la realidad es otra. “Arte” tal y como decía Einstein “es la expresión de los más profundos pensamientos de la manera más sencilla”.
Hasta la próxima, espero que pronto!
nectarina

MEMORIAS DEL SEMINARIO DE LITERATURA INFANTIL

http://issuu.com/reddebibliotecas/docs/memorias_seminario_con_car_tula?e=2619776/3396411#search

SUBCOMPETENCIAS DEL LENGUAJE

COMPETENCIAS:

Una competencia puede describirse como un conjunto de conocimientos, habilidades, actitudes, comprensiones y disposiciones cognitivas, socioafectivas y psicomotrices apropiadamente seleccionadas entre sí,  para facilitar el desempeño eficaz y con sentido de una actividad en un contexto. Dicho de otra manera es el desarrollo de las potencialidades del ser humano para realizar un trabajo o tarea. Capacidades con que un sujeto cuenta para…Es también el uso creativo de los conocimientos adquiridos.
Una competencia se aprende por el continuo desempeño, comprensión y realización de un trabajo. Pero dado que las competencias no son “observables” directamente, es necesario inferirlas a través de los desempeños comunicativos (indicadores de logro).

En el campo del lenguaje, la noción de competencia es entendida como la relación con el otro, por esta razón se han definido dos competencias para el área de lenguaje: LA COMUNICATIVA Y LA TEXTUAL.
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COMPETENCIA COMUNICATIVA: (PRAGMÁTICA DEL LENGUAJE) Se refiere al uso del lenguaje en situaciones comunicativas; se enfoca hacia los usos sociales del lenguaje; actos del habla en actos comunicativos reales, en que los aspectos sociales, éticos y culturales son centrales .

COMPEPTENCIA TEXTUAL: (ASPECTO ESTRUCTURAL DEL DISCURSO) Referida a los mecanismos que garantizan coherencia y cohesión a los enunciados
 (Nivel micro) y a los textos (nivel macro)  .Tiene  que ver con la jerarquías semánticas de los enunciados, uso de conectores, intencionalidades discursivas, diversidad de textos, reglas estructurales del lenguaje.
Desde esta competencia reconocemos los mensajes y producimos textos con un principio lógico y vamos avanzando hasta los grados superiores.

Para desarrollar las competencias comunicativa y textual en lengua castellana se trabajan estas otras competencias:

COMPETENCIA GRAMÁTICAL O SINTÁCTICA: referida a las reglas sintácticas, morfológicas, fonológicas y fonéticas que rigen la producción de los enunciados lingüísticos.

COMPETENCIA SEMÁNTICA: Se refiere a la capacidad de reconocer,  usar los significados y el léxico de manera pertinente según el contexto comunicativo. En la producción discursiva seguimiento de un hilo temático.

COMPETENCIA PRAGMÁTICA: entendida como la capacidad de reconocer las intenciones de los actores en actos comunicativos particulares , y las variables del contexto que determinan la comunicación .Hacen parte de esta competencia el componente ideológico y político; las variaciones dialectales, códigos sociolingüísticos etc.

COMPETENCIA ENCICLOPEDICA: Se refiere a la puesta en juego de de los actos de significación y comunicación; los saberes previos construidos en el ámbito sociocultural.

COMPETENCIA LITERARIA: capacidad de poner en juego, en los proceso de lectura y escritura, un saber literario; análisis y conocimiento de un número significativo de obras literarias.

COMPETENCIA POETICA: se refiere a la invención de mundos posibles, a través de los lenguajes. Adquisición de un estilo personal (la estética del lenguaje)

En el  proyecto “HACIA UNA LECTURA SIGNIFICATIVA “se trabajarán específicamente las siguientes competencias: gramatical, semántica, pragmática y enciclopédicas del grado sexto a once.


miércoles, 15 de enero de 2014

Poemas de amor y desamor

Poesía

Poemas de amor y desamor

Edición N° 116

N° 116

Febrero de 2011[ ver índice ]
El amor, la casa y los objetos
El amor mantiene ligados los objetos.
Cada uno en su luz,
en su restricto o voluminoso
                                           modo de ser.
El amor, y solo el amor, edifica
paredes dobles, vigas maestras, tragaluces,
conductos y puertas, sumando
a la luz íntima el sol externo.
Cuando hay amor, los objetos
se tornan suaves. No hay asperezas
en sus formas y frases.
Como un gato, el cuerpo
pasea entre aristas y no se hiere.
Nada le es hostil.
Nada es obstáculo.
Nada está perdido
en el trajín de la casa.
Es como si el cuerpo, más allá de frutas y flores,
aún inmóvil, creara alas.
De ahí cierta displicencia de los objetos
                                                            en la mesa
                                                 en el estante
                                                              en el piso
como cuerpos tendidos en los tapetes
                                                              o en la cama,
pues es ésta la forma de permanecer
cuando se ama.
Lo que no sea así, no es amor.
Es orden exterior a las cosas.
Pues cuando amamos, los objetos nos miran
sin envidia. Por el contrario, secretas glorias
afloran de sus formas
como del cuerpo afloran los labios
y en la poltrona el pelo de su fauna aflora.

Las casas tienen raíces
                                  cuando hay amor.
Aun ratones, cucarachas y caballos,
amén de plantas y pájaros
emiten vibraciones en los subterráneos
de la casa de quien ama.
El cuerpo rezuma aromas luego del baño,
almizcle fluye de los sexos, lavanda
baña los gestos. Enrollados en sus toallas
los cuerpos como olas
se deshacen en orgasmos en la sábana de la tarde.
Los objetos entienden a los hombres, cuando hay amor.
Van a las fiestas y a las guerras, y si acaso
se suicidan cayendo de los anaqueles
son capaces de ostentar su vida
aun como naturalezas muertas.
El amor no somete, el amor arraiga
cada cosa en su lugar y, como el Sol,
pasea iluminando las espirales de oro y plata
que adornan nuestros cuerpos.
No hay límite entre la casa y el mundo, cuando hay amor.
Los amantes invaden todo a toda hora
y el paisaje del mundo al paisaje de la casa
se incorpora.
 

Elogio (y elegía) de los signos de puntuación

Elogio (y elegía) de los signos de puntuación

El colegio, los mensajes de texto, el correo electrónico e incluso los correctores están propiciando el lento ocaso de varios signos de puntuación. ¿Qué perdemos cuando ya nadie sepa cómo utilizarlos?
Ilustrador
Miguel Montaner
Edición N° 132

N° 132

Julio de 2012[ ver índice ]
Si usted, que con tanta amabilidad surca estas líneas con los ojos –en el caso de que lea en braille diríamos “con las yemas” (o sea la punta de los dedos [de uno, de dos o de tres; no lo sé])–, si usted, digo, que ¿con cierta incomodidad producida por la acumulación de incisos? recorre estas palabras a toda velocidad y, al acabar el párrafo, lo considera un modo de empezar demasiado arduo pero aun así ha llegado hasta aquí, podemos felicitarnos: «¡Aún no está todo perdido!». Sin embargo es muy dudoso que algún corrector/a estampe su nihil obstat en un fragmento introductorio en el que, si no me equivoco..., aparecen diseminados casi todos los signos de puntuación que admite nuestra gramática.

Con el afán propio del oficio tal como lo enseñan (?) ahora, diríase que la corrección de textos consiste en tapar los poros enyesando los originales mediante el uso de un papel de lija uniformador, con lo cual todas las traducciones suenan igual y todas las prosas con el mismo martilleo: tac-tacatac, tac-tacatac, tac; salto de párrafo; tac-tacatac, tac-tacatac, tac; etcétera. Puede pensarse que quizá esta pasión por la frase enclenque y los párrafos minúsculos se corresponde con la invención retórica de Alejandro Dumas, que saltaba como un canguro porque cobraba por página y la esponjosidad visual le resultaba de lo más rentable, pero no; llámenme paranoico (¡a la cara!) porque me parece que la aniquilación calculada de algunos signos de puntuación forma parte de la conjura internacional profetizada por Adorno en “Signos de puntuación”, donde decía lo siguiente:
El miedo a períodos largos, de a página, es un miedo suscitado por el mercado, el miedo al cliente que no quiere esforzarse y al que fueron adaptándose primero los redactores y luego los escritores, para ganarse la vida, hasta inventar al final de su adaptación ideologías como la de la lucidez, la dureza objetiva, la precisión comprimida. Pero en esta tendencia son inseparables el lenguaje y la cosa. Con el sacrificio del período el pensamiento mismo se hace de poco aliento. La prosa se rebaja a la proposición de protocolo, hija favorita de los positivistas, al mero registro de los hechos, y mientras la sintaxis y la interpunción renuncian al derecho de articular y formar ese registro, de ejercer crítica sobre él, el lenguaje se dispone a capitular [...]. La cosa empieza con la pérdida del punto y coma, y termina con la ratificación de la oligofrenia por una racionalidad de la que se ha extirpado todo añadido.
Me entretengo con estos rompecabezas mientras estoy en la biblioteca pública de la esquina y recuerdo con desesperación y nostalgia que cuando se instalaron en el nuevo edificio se deshicieron de laEnciclopedia universal ilustrada europeo-americana, la Espasa de 39 tomos, por su excesivo volumen. Hoy me he fijado en cuatro fotografías exhibidas en el panel de la entrada. En ellas aparecen, de izquierda a derecha y de arriba a abajo: nueve personas que fingen estar repasando apuntes (nadie estudia con la espalda tan erguida); una viejecita apoltronada en un sillón simulando que hojea un periódico, y al fondo un chico que elige cedés; dos individuos que charlan mientras navegan con sus ordenadores portátiles y, alerta, un niño sentado en el suelo como los siux ¡que lee! Lo miro con más atención: lo que tiene en el regazo no es un cuento sino un álbum de futbolistas: puro realismo social. (Ahora entiendo por qué cada vez que me levanto para ir a por un ejemplar de consulta todos interrumpen instantáneamente la escritura de mensajes de texto en sus enmudecidas berrynegras y me miran con escándalo. ¿Qué creen, que soy un pornógrafo incontinente? Mejor será que me vaya antes de que me denuncien a la Bibliotecaria Superiora, esa que chista todo el rato porque, caramba, la están distrayendo y así no hay quien termine el sudoku.)

Cuando llego a mi casa y miro las estanterías, me pregunto qué harán mis hijos con esos volúmenes cuando yo ya no esté: ¿quizá construcciones como aquellos niños de una novela de Carpentier en que los utilizaban para construir fortalezas y puentes levadizos; quizá dioramas o belenes aprovechando las ideas de la serie Biblos del artista canadiense Guy Laramee? Haré la prueba del 9 sobre la erosión de la cultura: llamo a mi hijo mayor, dibujo un punto y coma redondeadito en una hoja y le pregunto si sabe lo que es. Está en primero de secundaria y muy ofendido. (Claro que lo sabe desde muy chico porque cuando era apenas un mocoso jugaba con el teclado de una antigua máquina de escribir y me preguntaba para qué servía cada dibujo. Una mañana llegábamos tarde al colegio y le dije: “Ponte los zapatos y punto”, y me respondió: “Pues no pienso ponérmelos y punto y coma”.) Le pregunto si lo usa mucho, ese signo. Perfila a su derecha un cierre de paréntesis: “Sirve para marcar la ironía en un mail ;)”. ¡Toma, reciclaje tipográfico!

Entonces le digo que es un invento muy sutil, un semitono de valor insuperable cuando hay que transcribir una entrevista, que si patatín, que si patatán; le cuento que una vez Ramón Gómez de la Serna (quien decía que la muerte es el punto y coma de los creyentes) salió de un gravísimo estado de coma y, cuando le preguntaron cómo se sentía, murmuró: “El coma no mata, tampoco el punto y coma; lo único que mata es el punto final”. Que, en el mismo registro metafórico, Kurt Vonnegut dijo que Hemingway se suicidó poniendo punto final a su vida porque “la vejez se parecía demasiado a un punto y coma”. Le recuerdo también que Lampedusa juzgaba a Stendhal un escritor prodigioso, “capaz de resumir una noche de amor en un punto y coma”, y que incluso en el uso de la coma ha habido maestros: John Barth señalaba que Donald Barthelme con una simple coma podía trastornarte; la coma con la que lo ejemplificaba era esta: “Visité la guardería de mi hijo, una vez”. Me doy cuenta de que estoy aburriéndolo. Él debe ser de la opinión que sintetizaba Gérard Genette en uno de sus minidiccionarios de tópicos: “Punto y coma: colmo de la cursilería; oponerse siempre”.

Por supuesto, dejaré al margen el tema de los guioncillos y le ahorraré la cita del que para mí es uno de los mejores incisos de la poesía castellana: está en “Albada”, de Jaime Gil de Biedma, cuando el poeta se despierta melancólico y piensa que en los puestos de Las Ramblas ya deben estar amontonándose las flores cortadas “y silbarán los pájaros –cabrones– / desde los árboles”. (Tampoco haré la alabanza de la prosa que se expande mediante paréntesis consecutivos ((no concéntricos, como estos)) y que a un estudioso mexicano le recordaban ristras de salchichas.) Me gustaría contarle, sin embargo, que en una ocasión el sabio José María Valverde otorgó matrícula de honor a uno de sus alumnos de Historia de las Ideas y que, cuando el discípulo le agradeció la nota pero añadió que tal vez había exagerado, aquel respondió: “En su examen había un punto y coma tan bien puesto que era merecedor, por sí solo, de la calificación más extraordinaria”.

¿Cómo entenderán los jóvenes de hoy la frase atribuida a Oscar Wilde según la cual el irlandés se quejaba de haber pasado un día horrible: necesitó toda la mañana para decidir que debía incluir una coma en un párrafo del libro que estaba escribiendo, y toda la tarde para decidir que debía suprimirla? ¿Cómo logran escribir con el índice y el pulgar en teclados tan encogidos y a tanta velocidad? Son los verdaderos cíborgs, los hombres-máquina, y el contacto con el papel tiende a angustiarlos. ¿Para qué necesitan estas antiguallas? Y no seamos apocalípticos: los clásicos griegos y latinos no tenían signos de puntuación ni libros como los nuestros y no les fue mal.
Nota: el fragmento de la página 23 pertenece a Notas sobre literatura, de Theodor Adorno, Barcelona, Ariel, 1962, en traducción de Manuel Sacristán. Sin querer parecer demasiado pedantesco, quisiera recomendar en este espacio camuflado la deliciosa trilogía teórico-anecdótico-autobiográfica de Genette, compuesta por Bardadrac(2006), Codicille (2009) y Apostille (2012), las tres en la parisina editorial Seuil.

Ah, y no dejen de echar un vistazo a la obra de Guy Laramee:http://www.guylaramee.com/index.php?/biblios/text-1/