miércoles, 22 de octubre de 2014

PERIODISMO NARRATIVO EN LATINOAMERICA

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CRÓNICA ALBERTO SALCEDO, LA TRAVESÍA DE WIKDI

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La travesía de Wikdi

Publicado: 20 abril 2013 en Alberto Salcedo Ramos
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En la áspera trocha de ocho kilómetros que separa a Wikdi de su escuela se han desnucado decenas de burros. Allí, además, los paramilitares han torturado y asesinado a muchas personas. Sin embargo, Wikdi no se detiene a pensar en lo peligrosa que es esa senda atestada de piedras, barro seco y maleza. Si lo hiciera, se moriría de susto y no podría estudiar. En la caminata de ida y vuelta entre su rancho, localizado en el resguardo indígena de Arquía, y su colegio, ubicado en el municipio de Unguía, emplea cinco horas diarias. Así que siempre afronta la travesía con el mismo aspecto tranquilo que exhibe ahora, mientras cierra la corredera de su morral.
Son las 4:35 de la mañana. En enero la temperatura suele ser de extremos en esta zona del Darién chocoano: ardiente durante el día y gélida durante la madrugada. Wikdi —trece años, cuerpo menudo— tirita de frío. Hace un instante le dijo a Prisciliano, su padre, que prefiere bañarse de noche. En este momento ambos especulan sobre lo helado que debe de haber amanecido el río Arquía.
—Menos mal que nos bañamos anoche —dice el padre.
—Esta noche volvemos al río —contesta el hijo.
Diagonal adonde ellos se encuentran, un perro se acerca al fogón de leña emplazado en el suelo de tierra. Arquea el lomo contra uno de los ladrillos del brasero, y allí se queda recostado absorbiendo el calor. Prisciliano le pregunta a su hijo si guardó el cuaderno de geografía en el morral. El niño asiente con la cabeza, dice que ya se sabe de memoria la ubicación de América. El padre mira su reloj y se dirige a mí.
—Cinco menos veinte —dice.
Luego agrega que Wikdi ya debería ir andando hacia el colegio. Lo que pasa, explica, es que en esta época clarea casi a las seis de la mañana y a él no le gusta que el muchachito transite por ese camino tan anochecido. Hace unos minutos, cuando él y yo éramos los únicos ocupantes despiertos del rancho, Prisciliano me contó que el nacimiento de Wikdi, el mayor de sus cinco hijos, sucedió en una madrugada tan oscura como esta. Fue el 13 de mayo de 1998. A Ana Cecilia, su mujer, le sobrevinieron los dolores de parto un poco antes de las tres de la mañana. Así que él, fiel a un antiguo precepto de su etnia, corrió a avisarles a los padres de ambos. Los cuatro abuelos se plantaron alrededor de la cama, cada uno con un candil encendido entre las manos. Entonces fue como si de repente todos los kunas mayores, muertos o vivos, conocidos o desconocidos, hubieran convertido la noche en día solo para despejarle el horizonte al nuevo miembro de la familia. Por eso Prisciliano cree que a los seres de su raza siempre los recibe la aurora, así el mundo se encuentre sumergido en las tinieblas. Eso sí —concluye con aire reflexivo—: aunque lleven la claridad por dentro arriesgan demasiado cuando se internan por la trocha de Arquía en medio de tamaña negrura.
Prisciliano —treinta y ocho años, cuerpo menudo— espera que el sacrificio que está haciendo su hijo valga la pena. Él cree que en la Institución Educativa Agrícola de Unguía el niño desarrollará habilidades prácticas muy útiles para su comunidad, como aplicar vacunas veterinarias o manejar fertilizantes. Además, al culminar el bachillerato en ese colegio de “libres” seguramente hablará mejor el idioma español. Para los indígenas kunas, “libres” son todas aquellas personas que no pertenecen a su etnia.
—El colegio está lejos —dice— pero no hay ninguno cerca. El que tenemos nosotros aquí en el resguardo solo llega hasta quinto grado, y Wikdi ya está en séptimo.
—La única opción es cursar el bachillerato en Unguía.
—Así es. Ahí me gradué yo también.
Prisciliano advierte que con el favor de Papatumadi —es decir, Dios— Wikdi estudiará para convertirse en profesor una vez termine su ciclo de secundaria.
—Nunca le he insinuado que elija esa opción —aclara—. Él vio el ejemplo en casa porque yo soy profesor de la escuela de Arquía.
¿Podrá Wikdi abrirse paso en la vida con los conocimientos que adquiera en el colegio de los “libres”? Es algo que está por verse, responde Prisciliano. Quizá se enriquecerá al asimilar ciertos códigos del mundo ilustrado, ese mundo que se encuentra más allá de la selva y el mar que aíslan a sus hermanos. Se acercará a la nación blanca y a la nación negra. De ese modo contribuirá a ensanchar los confines de su propia comarca. Se documentará sobre la historia de Colombia, y así podrá, al menos, averiguar en qué momento se obstruyeron los caminos que vinculaban a los kunas con el resto del país. Estudiará el Álgebra de Baldor, se aprenderá los nombres de algunas penínsulas, oirá mencionar a Don Quijote de la Mancha. Después, transformado ya en profesor, les transmitirá sus conocimientos a las futuras generaciones. Entonces será como si otra vez, por cuenta de los saberes de un predecesor, brotara la aurora en medio de la noche.
—Las cinco y todavía oscuro —dice ahora Prisciliano.
Anabelkis, su cuñada, ya está despierta: hierve café en el mismo fogón en el que hace un momento tomaba calor el perro. Su marido intenta tranquilizar al bebé recién nacido de ambos, que llora a moco tendido. Nadie más falta por levantarse, pues Ana Cecilia y los otros hijos de Prisciliano durmieron anoche en Turbo, Antioquia. En el radio suena una conocida canción de despecho interpretada por Darío Gómez.
Ya lo ves me tiré el matrimonio
y ya te la jugué de verdad
fuiste mala, ay, demasiado mala
pero en esta vida todo hay que aguantar.
El fogón es ahora una hoguera que esparce su resplandor por todo el recinto. Cantan los gallos, rebuznan los burros. En el rancho ha empezado a bullir la nueva jornada. Más allá siguen reinando las tinieblas. Pareciera que en ninguna de las 61 casas restantes del cabildo se hubiera encendido un solo candil. Eso sí: cualquiera que haya nacido aquí sabe que, a esta hora, la mayoría de los 582 habitantes de la comarca ya está en pie.
Wikdi le dice hasta luego a Prisciliano en su lengua nativa (“¡kusalmalo!”), y comienza a caminar a través del pasillo que le van abriendo los cuatro perros de la familia.
***
Hemos caminado por entre un riachuelo como de treinta centímetros de profundidad. Hemos atravesado un puente roto sobre una quebrada sin agua. Hemos escalado una pendiente cuyas rocas enormes casi no dejan espacio para introducir el pie. Hemos cruzado un trecho de barro revestido de huellas endurecidas: pezuñas, garras, pisadas humanas. Hemos bajado por una cuesta invadida de guijarros filosos que parecen a punto de desfondarnos las botas. Ahora nos aprestamos a vadear una cañada repleta de peñascos resbaladizos. Un vistazo a la izquierda, otro a la derecha. Ni modo, toca pisar encima de estas piedras recubiertas de cieno. Me asalta una idea pavorosa: aquí es fácil caer y romperse la columna. A Wikdi, es evidente, no lo atormentan estos recelos de nosotros los “libres”: zambulle las manos en el agua, se remoja los brazos y el rostro.
Hace hora y media salimos de Arquía. La temperatura ha subido, calculo, a unos 38 grados centígrados. Todavía nos falta una hora de viaje para llegar al colegio, y luego Wikdi deberá hacer el recorrido inverso hasta su rancho. Cinco horas diarias de travesía: se dice muy fácil, pero créanme: hay que vivir la experiencia en carne propia para entender de qué les estoy hablando. En esta trocha —me contó Jáider Durán, exfuncionario del municipio de Unguía— los caballos se hunden hasta la barriga y hay que desenterrarlos halándolos con sogas. Algunos se estropean, otros mueren. Unos zapatos primorosos de esos que usa cierta gente en la ciudad —unos Converse, por ejemplo— ya se me habrían desbaratado. Aquí los pedruscos afilados taladran la suela. El caminante siente las punzadas en las plantas de los pies aunque calce botas pantaneras como las que tengo en este momento.
—¡Qué sed! —le digo a Wikdi.
—¿Usted no trajo agua?
—No.
—Apenas nos faltan tres puentes para llegar al pueblo.
Agradezco en silencio que Wikdi tenga la cortesía de intentar consolarme. Entonces él, tras esbozar una sonrisa candorosa, corrige la información que acaba de suministrarme.
—No, mentiras: faltan son cuatro puentes.
En la gran urbe en la que habito, mencionar a un niño indígena que gasta cinco horas diarias caminando para poder asistir a la escuela es referirse al protagonista de un episodio bucólico. ¡Qué quijotada, por Dios, qué historias tan románticas las que florecen en nuestro país! Pero acá, en el barro de la realidad, al sentir los rigores de la travesía, al observar las carencias de los personajes implicados, uno entiende que no se encuentra frente a una anécdota sino frente a un drama. Visto desde lejos, un camino de herradura en el Chocó o en cualquier otro lugar de la periferia colombiana es mero paisaje. Visto desde cerca es símbolo de discriminación. Además se transforma en pesadilla. Cuando la trocha se sale de la foto de Google y aparece debajo de uno, es un monstruo que hiere los pies. Produce quemazón entre los dedos, acalambra los músculos gemelos. Extenúa, asfixia, maltrata. Sin embargo, Wikdi luce fresco. Tiene la piel cubierta de arena pero se ve entero. Le pregunto si está cansado.
—No.
—¿Tienes sed?
—Tampoco.
Wikdi calla, y así, en silencio, se adelanta un par de metros. Luego, sin mirarme, dice que lo que tiene es hambre porque hoy se vino sin desayunar.
—¿Cuántas veces vas a clases sin desayunar?
—Yo voy sin desayunar, pero en el colegio dan un refrigerio.
—Entonces comes cuando llegues.
—El año pasado era que daban refrigerio. Este año no dan nada.
Captada en su propio ambiente, digo, la historia que estoy contando suscita tanta admiración como tristeza. Y susto: aquí los paramilitares han matado a muchísimas personas. Hubo un tiempo en el que adentrarse en estos parajes equivalía a firmar anticipadamente el acta de defunción. El camino quedó abandonado y fue arrasado por la maleza en varios tramos. Todavía hoy existen partes cerradas. Así que nos ha tocado desviarnos y avanzar, sin permiso de nadie, por el interior de algunas fincas paralelas. Doy un vistazo panorámico, tanteo la magnitud de nuestra soledad. En este instante no hay en el mundo un blanco más fácil que nosotros. Si nos saliera al paso un paramilitar dispuesto a exterminarnos, lo conseguiría sin necesidad de despeinarse. Sobrevivir en la trocha de Arquía, después de todo, es un simple acto de fe. Y por eso, supongo, Wikdi permanece a salvo al final de cada caminata: él nunca teme lo peor.
—Faltan dos puentes —dice.
Solo una vez se ha sentido en riesgo. Caminaba distraído por un atajo cuando divisó, de improviso, una culebra que iba arrastrándose muy cerca de él. Se asustó, pensó en devolverse. También estuvo a punto de saltar por encima del animal. Al final no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que se quedó inmóvil viendo cómo la serpiente se alejaba.
—¿Por qué te quedaste quieto cuando viste la culebra?
—Me quedé así.
—Sí, pero ¿por qué?
—Yo me quedé quieto y la culebra se fue.
—¿Tú sabes por qué se fue la culebra?
—Porque yo me quedé quieto.
—¿Y cómo supiste que si te quedabas quieto la culebra se iría?
—No sé.
—¿Tu papá te enseñó eso?
—No.
Deduzco que Wikdi, fiel a su casta, vive en armonía con el universo que le correspondió. Él, por ejemplo, marcha sin balancear los brazos hacia atrás y hacia adelante, como hacemos nosotros, los “libres”. Al llevar los brazos pegados al cuerpo evita gastar más energías de las necesarias. Deduzco también que tanto Wikdi como los demás integrantes de su comunidad son capaces de mantenerse firmes porque ven más allá de donde termina el horizonte. Si se sentaran bajo la copa de un árbol a dolerse del camino, si solo tuvieran en cuenta la aspereza de la travesía y sus peligros, no llegarían a ninguna parte.
—¿Tú por qué estás estudiando?
—Porque quiero ser profesor.
—¿Profesor de qué?
—De inglés y de matemáticas.
—¿Y eso para qué?
—Para que mis alumnos aprendan.
—¿Quiénes van a ser tus alumnos?
—Los niños de Arquía.
Deduzco, además, que para hacer camino al andar como proponía el poeta Antonio Machado, conviene tener una feliz dosis de ignorancia. Que es justamente lo que sucede con Wikdi. Él desconoce las amenazas que representan los paramilitares, y no se plantea la posibilidad de convertirse, al final de tanto esfuerzo, en una de las víctimas del desempleo que afecta a su departamento. En el Chocó, según un informe de las Naciones Unidas que será publicado a finales de este mes, el 54% de los habitantes sobrevive gracias a una ocupación informal. Allí, en el año 2002, el 20% de la población devengaba menos de dos dólares diarios. En esta misma región donde nos encontramos, a propósito, se presentó en 2007 una emergencia por desnutrición infantil que ocasionó la muerte de doce niños. Wikdi, insisto, no se detiene a pensar en tales problemas. Y en eso radica parte de la fuerza con la que sus pies talla 35 devoran el mundo.
—Ese es el último puente —dice, mientras me dirige una mirada astuta.
—¿El que está sobre el río Unguía?
—Sí, ese. Ahí mismito está el pueblo.
***
La Institución Educativa Agrícola de Unguía, fundada en 1961, ha forjado ebanistas, costureras, microempresarios avícolas. Pero hoy el taller de carpintería se encuentra cerrado, no hay ni una sola máquina de modistería y tampoco sobrevive ningún pollo de engorde. Supuestamente, aquí enseñan a criar conejos; sin embargo, la última vez que los estudiantes vieron un conejo fue hace ocho años. Tampoco quedan cuyes ni patos. En los 18 salones de clases abundan las sillas inservibles: están desfondadas, o cojas, o sin brazos. La sección de informática causa tanto pesar como indignación: los computadores son prehistóricos, no tienen puerto de memoria USB sino ranuras para disquetes que ya desaparecieron del mercado. Apenas cinco funcionan a medias. Recorrer las instalaciones del colegio es hacer un inventario de desastres.
—Este año no hemos podido darles a los estudiantes su refrigerio diario —dice Benigno Murillo, el rector—. El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, que es el que nos ayuda en ese campo, nos mandó un oficio informándonos que volverá a dar la merienda en marzo. Hemos tenido que reducir la duración de las clases y finalizar las jornadas más temprano. ¡Usted no se imagina la cantidad de muchachos que vienen sin desayunar!
Ahora los estudiantes del grupo Séptimo A van entrando atropelladamente al salón. Se sientan, sacan sus cuadernos. En el colegio nadie conoce a nuestro personaje como Wikdi: acá le llaman ‘Anderson’, el nombre alterno que le puso su padre para que encajara con menos tropiezos en el ámbito de los “libres”.
—Anderson —dice el profesor de geografía—: ¿trajo la tarea?
Mientras el niño le muestra el trabajo al profesor, reviso mi teléfono celular. Está sin señal, un trasto inútil que durante la travesía solo me ha funcionado como reloj despertador. La “aldea global” que los pontífices de la comunicación exaltan desde los tiempos de McLuhan, sigue teniendo más de aldea que de global. En el mundo civilizado vamos a remolque de la tecnología; en estos parajes atrasados la tecnología va a remolque de nosotros. Allá, en las grandes ciudades, al otro lado de la selva y el mar, el hombre acorta las distancias sin necesidad de moverse un milímetro. Acá toca calzarse las botas y ponerle el pecho al viaje.
—América es el segundo continente en extensión —lee el profesor en el cuaderno de Anderson.
Se me viene a la mente una palabra que desecho en seguida porque me parece gastada por el abuso: ‘odisea’. Para entrar en este lugar de la costa pacífica colombiana que parece enclavado en el recodo más hermético del planeta, toca apretar las mandíbulas y asumir riesgos. El trayecto entre mi casa y el salón en el cual me encuentro este martes ha sido uno de los más arduos de mi vida: el domingo por la mañana abordé un avión comercial de Bogotá a Medellín. La tarde de ese mismo día viajé a Carepa —Urabá antioqueño— en una avioneta que mi compañero de viaje, el fotógrafo Camilo Rozo, describió como “una pequeña buseta con alas”. En seguida tomé un taxi que, una hora después, me dejó en Turbo. El lunes madrugué a embarcarme, junto con veintitrés pasajeros más, en una lancha veloz que se abrió paso en el enfurecido mar a través de olas de tres metros de alto. Atravesé el caudaloso río Atrato, surqué la Ciénaga de Unguía, hice en caballo el viaje de ida hacia el resguardo de los kunas. Y hoy caminé con Wikdi, durante dos horas y media, por la trocha de Arquía.
El profesor sigue hablando:
—Chocó, nuestro departamento, es un puntito en el mapa de América.
¡Ah, si bastara con figurar en el Atlas Universal para ser tenido en cuenta! Estas lejuras de pobres nunca les han interesado a los indolentes gobernantes nuestros, y por eso los paramilitares están al mando. En la práctica ellos son los patronos y los legisladores reconocidos por la gente. ¿Cómo se podría romper el círculo vicioso del atraso? En parte con educación, supongo. Pero entonces vuelvo al documento de las Naciones Unidas. Según el censo de 2005, Chocó tiene la segunda tasa de analfabetismo más alta en Colombia entre la población de 15 a 24 años: 9,47%. Un estudio de 2009 determinó que en el departamento uno de cada dos niños que terminan la educación primaria no continúa la secundaria. En este punto pienso, además, en un dato que parece una mofa de la dura realidad: el comandante de los paramilitares en el área es apodado ‘el Profe’.
Anderson regresa sonriente a su silla. Me pregunto adónde lo llevará el camino al final del ciclo académico. Su profesora Eyda Luz Valencia, que fue quien lo bautizó con el nombre de “libre”, cree que llegará lejos porque es despabilado y tiene buen juicio a la hora de tomar decisiones. Existen razones para vaticinar que no será un ‘profe’ siniestro como el de los paramilitares, sino un profesor sabio como su padre, capaz de improvisar una aurora aunque la noche esté perdida en las tinieblas.

domingo, 13 de julio de 2014

CRÓNICA DE UNA HUMILLACIÓN


Por ALBERTO SALCEDO RAMOS | Publicado el 13 de julio de 2014
Tenía veintidós años cuando me enfrenté por primera vez a la necesidad de encontrar un trabajo como periodista. Estaba muerto del susto, me sentía solo y, para colmo de males, di entonces con un tipo de malas pulgas que convirtió aquella experiencia en una pesadilla.

Fue en 1985. Acababa de terminar mi carrera de periodismo en la universidad. Como me había casado unos meses atrás –a los veintiún años– y pronto me iba a convertir en padre, necesitaba con urgencia un trabajo remunerado. Hasta ese momento yo había publicado artículos breves en un pequeño periódico de Barranquilla.

Escribía por el simple gusto de ver mi nombre impreso en letras de molde. Mi madre decía con sarcasmo que yo no actuaba como profesional sino como penitente. Ni siquiera les pedía a los dueños del periódico que cubrieran los gastos de transporte en que incurría durante el trabajo de campo.

Mientras fui soltero pude permitirme tamaño idealismo, pues no afectaba a nadie. Al estar casado y a la espera de un BEBÉ, partirme el lomo sin cobrar ya no habría sido visto como un acto romántico sino como un gesto indolente. De modo que me tocaba conseguir empleo.

En Barranquilla no se abrió ninguna de las puertas que toqué. Los dueños del pequeño periódico donde publicaba, quienes me habían tratado con mucha amabilidad mientras escribía gratis, empezaron a mostrarse distantes cuando les dije que necesitaba remuneración.

Decidí probar suerte en Cartagena. Allí se acababa de fundar el periódico "Calamarí". Calamarí era el nombre que tenía el lugar antes de la llegada de los conquistadores españoles. En lengua indígena significa "tierra de cangrejos". 

Todavía en los atardeceres, cuando uno recorre a pie los barrios adyacentes al mar, se topa con cangrejos desorientados que abandonan la cómoda arena de la playa y salen a morir en el duro asfalto de la calle. 

Varios amigos cartageneros me avisaron que en ese periódico de circulación semanal estaban necesitando redactores. Había posibilidades para un muchacho sin experiencia como yo, porque se trataba de un proyecto nuevo que no contaba con presupuesto suficiente para contratar a periodistas veteranos. Así que desde Barranquilla, por teléfono, solicité una cita con el gerente,José María Martínez Aparicio.

El encuentro fue programado para un martes a las diez de la mañana. Asistí puntual. Después de una espera de tres horas la secretaria me informó que la reunión se corría una semana. 

La segunda vez fue un calco de la primera: la misma antesala, la misma espera, la misma desesperanza. De nuevo la mujer volvió a decir que la reunión se aplazaba. Le conté que vivía en Barranquilla y que para cumplir cada cita debía hacer un viaje de tres horas – ida y vuelta – y gastarme un DINERO que no tenía.

Además le dije que me quedaría allí esperando al señor, pues me resultaba imposible volver por tercera ocasión. Ella se encogió de hombros y me pidió, con una seña de la mano, que aguardara un momento. A continuación entró en la oficina de su jefe.

Minutos después regresó acompañada por un hombre regordete. Vestía de blanco desde los zapatos hasta la camisa, y olía a colonia Jean Marie Farina. El hombre miró altivamente a todos los visitantes, y preguntó quién era el insolente que lo seguía esperando en contra de su voluntad. Sentí el clásico nudo de la angustia en la garganta.

-- Lo que pasa – dije con la voz temblorosa– es que yo vivo en Barranquilla, doctor, y para venir acá me toca incurrir en unos gastos que ahora mismo no puedo cubrir…

El hombre no me dejó terminar. Mirándome con una dureza inesperada me soltó aquella andanada terrible:

-- ¿Y qué culpa tengo yo de que usted sea un muerto de HAMBRE? Yo tengo mi comida segura en la casa. Usted es el que necesita y usted es el que tiene que volver cuantas veces sea necesario.

Sentí que su brutalidad era innecesaria. Nunca he sabido cómo actuar en tales casos. Por lo general las palabras se me extravían y quedo paralizado. Lo único que atiné a pronunciar fue un "disculpe" seguido de un "hasta luego".

Decidí cubrir a pie la distancia entre el centro histórico de Cartagena, donde quedaba el semanario "Calamarí", y la casa de mi tío Gonzalo en el barrio Crespo. Me fui caminando por la Avenida Santander, que bordea el mar. A ratos el agua salada me salpicaba la cara y se mezclaba con mis lágrimas. Me sentía humillado.

Al poco tiempo conseguí un trabajo, y luego otro, y desde entonces, por fortuna, nunca me ha faltado qué hacer. He tenido OPORTUNIDADES, he viajado por ríos y montañas, he atravesado selvas y desiertos.

Como reportero he sido testigo de excepción de ciertos acontecimientos importantes que un ciudadano común solo puede ver a través de la televisión; he conocido a personas que me han enseñado mucho sobre la condición humana.

Hace poco recordé el episodio. Al verlo en perspectiva me pareció muy útil: me fortaleció de manera oportuna, me enseñó que siempre hay alguien dispuesto a tirarnos la puerta en la cara, me permitió ver de qué material estaba hecho para resistir y defender mi pasión por el periodismo. 

Me enseñó, sobre todo, que quien quiere ser reportero será reportero aunque lo saquen a patadas de todos los periódicos. Me parece una lección útil para estos tiempos en que todo el mundo anda con su queja a cuestas. 

¿Qué hacer para sobrevivir? Resistir, seguir en la brega. Convendría también empezar a entender que lo que está en crisis no es el periodismo sino los periódicos, porque no supieron reaccionar ante ciertos cambios en el negocio.

A veces me pregunto qué será de la vida del señor Martínez Aparicio. Por una especie de curiosidad que pudiéramos llamar profesional, quisiera encontrármelo para ver cómo luce hoy. No importa que siga siendo un tipo de malas pulgas.

lunes, 7 de julio de 2014

CARTAS DE ESCRITORES SOBRE SUS MAESTROS

Mario Vargas Llosa sobre su profesor de francés, el poeta César Moro
Recuerdo imprecisamente a César Moro, lo veo, entre nieblas dictando sus clases en el colegio Leoncio Prado, imperturbable ente la salvaje hostilidad de los alumnos, que desahogábamos en ese profesor frío y cortés, la amargura del internado y la humillación sistemática que nos imponían los instructores militares. Alguien había corrido el rumor de que era homosexual y poeta: eso levantó a su alrededor una curiosidad maligna y un odio, agresivo que lo asediaba sin descanso desde que atravesaba la puerta del colegio. Nadie se interesaba por el curso de francés que dictaba, nadie escuchaba sus clases. Extrañamente, sin embargo, este profesor no descuidaba un instante su trabajo. Acosado por una lluvia de invectivas, carcajadas insolentes, bromas monstruosas, desarrollaba sus explicaciones y trazaba cuadros sinópticos en la pizarra, sin detenerse un momento, como si, junto al desaforado auditorio que formaban los cadetes, hubiera otro, invisible y atento. Jamás adulaba a sus alumnos. Nunca utilizaba a los temibles suboficiales para imponer la disciplina. Ni una vez pidió que cesara la campaña de provocación y escarnio desatada contra él. Su actitud nos desconcertaba, sobre todo porque parecía consciente, lúcida. En cualquier momento hubiera podido corregir de raíz ese estado de cosas que, a todas luces, lo estaba destruyendo: le bastaba servirse de uno de los innumerables recursos de coacción y terror que aplicaban, en desenfrenada competencia, sus "colegas" civiles y militares; sin embargo, no lo hizo. Aunque nada sabíamos de él, muchas veces, mis compañeros y yo, debimos preguntarnos qué hacia Moro en ese recinto húmedo e inhóspito, desempeñando un oficio oscuro y doloroso, en el que parecía absolutamente fuera de lugar.
Publicado en la revista Literatura. Lima nº 1, febrero de 1958

José María Arguedas sobre su experiencia como maestro:

“Yo he sido profesor durante muchos años en la sierra y en la costa. Debo confesarles que cuando me nombraron profesor de gramática o de castellano, hacia 1939, fui a pedir en primer lugar un programa del curso que debería dictar y me encontré con la sorpresa de que no conocía casi nada del programa.

Me había olvidado por completo de la gramática; sin embargo yo tenía ya algún prestigio como escritor, y el hecho de que no conociera la gramática y sin embargo fuera un escritor de cierto prestigio me estaba demostrando, por un lado que el conocimiento exclusivo de la gramática no es lo más importante para aprender a escribir y expresarse.

Si el conocimiento mismo de la materia que uno va a enseñar es muy importante, en segundo lugar es importantísimo conocer el modo de ser de las personas a quienes les vamos a enseñar y en tercer lugar cómo les vamos a enseñar.

Desgraciadamente ustedes me perdonarán esta frase, porque quizá entre ustedes hay muchos normalistas, en los centros de formación de maestros se da una importancia excesiva a los métodos y mucha menos importancia a esos dos factores que son de los más importantes: el conocimiento de las materias que se deben enseñar y sobre todo de qué modo puede uno acercarse al espíritu de los niños para ganar su confianza y su amistad, su cariño, sin el cual no es posible ninguna formación de instrucción y mucho menos de educación”.
 — con Letra Cierta Ica y 10 personas más.
Foto: José María Arguedas sobre su experiencia como maestro:

“Yo he sido profesor durante muchos años en la sierra y en la costa. Debo confesarles que cuando me nombraron profesor de gramática o de castellano, hacia 1939, fui a pedir en primer lugar un programa del curso que debería dictar y me encontré con la sorpresa de que no conocía casi nada del programa.

Me había olvidado por completo de la gramática; sin embargo yo tenía ya algún prestigio como escritor, y el hecho de que no conociera la gramática y sin embargo fuera un escritor de cierto prestigio me estaba demostrando, por un lado que el conocimiento exclusivo de la gramática no es lo más importante para aprender a escribir y expresarse.

Si el conocimiento mismo de la materia que uno va a enseñar es muy importante, en segundo lugar es importantísimo conocer el modo de ser de las personas a quienes les vamos a enseñar y en tercer lugar cómo les vamos a enseñar.

Desgraciadamente ustedes me perdonarán esta frase, porque quizá entre ustedes hay muchos normalistas, en los centros de formación de maestros se da una importancia excesiva a los métodos y mucha menos importancia a esos dos factores que son de los más importantes: el conocimiento de las materias que se deben enseñar y sobre todo de qué modo puede uno acercarse al espíritu de los niños para ganar su confianza y su amistad, su cariño, sin el cual no es posible ninguna formación de instrucción y mucho menos de educación”.

domingo, 29 de junio de 2014

CÓMO DIFERENCIAR LOS TIPOS DE TEXTOS?

https://www.youtube.com/watch?v=kBmpeIZd0a8 VIDEO CÓMO ESCRIBIR UN TEXTO

Tipos de texto
 Existen diversos tipos de texto ¿Cómo diferenciarlos?
Te compartimos algunos ejemplos para aprender a

construirlos según sus características, temas a
desarrollar e intención comunicativa.
El texto es una secuencia de oraciones que pertenecen a un mismo sentido global y pretenden comunicar un mensaje. Primero hace parte de un proceso de escritura y posteriormente se convierte en ejercicio de lectura.
Para lograr el efecto deseado en el lector, el autor apoya su composición con una estructura que facilite la percepción del mensaje. Esta se constituye por elementos como la introducción, el cuerpo o desarrollo y las conclusiones.
Partes del Texto
• Introducción: explica de modo general el asunto a tratar para que el lector se entere de lo que encontrará a continuación, y de esta manera atraer su interés hacia el desarrollo de la temática. Es una idea llamativa con el objetivo de motivar al receptor para que se entusiasme por seguir con la lectura.
• Cuerpo o desarrollo: presentación de las ideas principales y secundarias del tema para dar sentido a la lectura.
• Conclusión: es la parte final del texto que deja al lector con inquietudes o enseñanzas sobre el tema. Su extensión es corta y precisa.
Construcción
Para construirlo, el texto requiere de elementos como los enunciados, los párrafos y la idea principal para darle coherencia al mismo.
• Enunciado: es la unidad mínima para comunicar, expresa una situación y busca ingredientes que refuercen la interacción entre receptor y emisor del mensaje.
• Párrafo: es una unidad mayor al enunciado en la cual se dividen los textos mediante el punto aparte. Cada párrafo abarca una idea, está compuesto por oraciones; las primeras son las que presentan la idea central y las otras son las que ejemplifican o sustentan a la misma.
Según su intención comunicativa
Textos literarios: pretenden generar impresión estética y provocar emociones por medio del lenguaje. Enriquece su contenido con personajes, descripciones, lugares, diálogos y narraciones; determinados por el estilo del autor. Los cuentos y las novelas son los ejemplares de esta clase de textos.
Textos narrativos: cuentan hechos reales o ficticios. Hacen énfasis en las acciones realizadas por los personajes, el espacio y el tiempo en el que transcurre la historia; obedeciendo a una estructura y estableciendo un orden según la conexión entre secuencias y el punto de vista del narrador.
Para evitar el tedio de una extensa narración, muchos autores se valen de la elipsis, presentando la información de una manera más corta pero sin perder los elementos fundamentales que conducen y dan sentido a la trama.
Sin embargo, hay otras composiciones que centran su atención en los rasgos y actitudes de sus personajes como pista o recurso para comprender el porqué de los hechos que ocurren.
La actividad narrativa podría condensarse con tres aspectos fundamentales: definir la situación que se quiere contar, ubicarla espacial y temporalmente, y reforzarla por medio de detalles.
Textos prescriptivos: son los que guían o brindan indicaciones sobre un tema, para determinar el comportamiento del lector en una situación determinada; estos pueden ser normativos o instructivos:
Textos normativos: pretender regular la conducta del receptor con reglas, órdenes o normas. Ejemplo: manual de convivencia escolar, reglas para un partido de fútbol, normas de un establecimiento.
En cambio, los textos instructivos ofrecen información para que el lector pueda realizar una tarea; por ejemplo, recetas de cocina, manual de instrucciones para armar un escritorio, manual de instrucciones para electrodomésticos.
Textos expositivos: tienen como objetivo principal explicar o aclarar conceptos, sucesos, fenómenos o temáticas, generalmente sobre ciencia, tecnología o arte. Tiene un lenguaje técnico y preciso; exento de opiniones y posiciones por parte del autor.
Su funcionalidad es pedagógica pues expone ideas con una intención divulgativa; que solo informan sobre un tema de interés sin necesidad de conocerlo previamente y tienen un público más general; o especializada, dirigida a un sector específico que domina la temática; por ejemplo, textos de medicina, textos de física, textos de química, entre otros.
Su punto de partida es la definición, de la cual se desglosan las ideas que explican el tema. Para lograr mayor comprensión del mismo, el autor clasifica conceptos que se relacionan entre sí, recurre a las comparaciones, a los ejemplos y a las descripciones en caso de información más compleja.
Textos argumentativos: exponen y defienden una postura sobre alguna temática. Su función principal es defender una idea central, la tesis, para que esta sea probada o demostrada.
En los textos más técnicos se usan pruebas lógicas rigurosas y análisis de la relación causa-efecto; por ejemplo, argumentos a favor o en contra de una teoría científica como la evolución del hombre o la vida en otros planetas. No obstante, en casos de carácter ideológico, se emplean las emociones como herramientas para convencer, persuadir o defender un punto de vista. Ejemplo de esta metodología en el texto son las columnas de opinión sobre alguna decisión política o problemática social.





¿Cuáles son las fases o pasos para componer un texto y cómo se desarrollan? Yaneth Peláez Montoya, coordinadora de la Red de Lenguaje de Antioquia, explica los aspectos más importantes para escribir un texto y transmitir un mensaje con claridad.

jueves, 19 de junio de 2014

martes, 17 de junio de 2014

LA CULPA ES DE UNO

La culpa es de uno

Quizá fue una hecatombe de esperanzas 
un derrumbe de algún modo previsto 
ah pero mi tristeza solo tuvo un sentido 

todas mis intuiciones se asomaron 
para verme sufrir 
y por cierto me vieron 

hasta aquí había hecho y rehecho 
mis trayectos contigo 
hasta aquí había apostado 
a inventar la verdad 
pero vos encontraste la manera 
una manera tierna 
y a la vez implacable 
de desahuciar mi amor 

con un solo pronostico lo quitaste 
de los suburbios de tu vida posible 
lo envolviste en nostalgias 
lo cargaste por cuadras y cuadras 
y despacito 
sin que el aire nocturno lo advirtiera 
ahí nomás lo dejaste 
a solas con su suerte 
que no es mucha 

creo que tenés razón 
la culpa es de uno cuando no enamora 
y no de los pretextos 
ni del tiempo 

hace mucho muchísimo 
que yo no me enfrentaba 
como anoche al espejo 
y fue implacable como vos 
mas no fue tierno 

ahora estoy solo 
francamente 
solo 

siempre cuesta un poquito 
empezar a sentirse desgraciado 

antes de regresar 
a mis lóbregos cuarteles de invierno 

con los ojos bien secos 
por si acaso 

miro como te vas adentrando en la niebla 
y empiezo a recordarte.


La culpa es de uno

Quizá fue una hecatombe de esperanzas 
un derrumbe de algún modo previsto 
ah pero mi tristeza solo tuvo un sentido 

todas mis intuiciones se asomaron 
para verme sufrir 
y por cierto me vieron 

hasta aquí había hecho y rehecho 
mis trayectos contigo 
hasta aquí había apostado 
a inventar la verdad 
pero vos encontraste la manera 
una manera tierna 
y a la vez implacable 
de desahuciar mi amor 

con un solo pronostico lo quitaste 
de los suburbios de tu vida posible 
lo envolviste en nostalgias 
lo cargaste por cuadras y cuadras 
y despacito 
sin que el aire nocturno lo advirtiera 
ahí nomás lo dejaste 
a solas con su suerte 
que no es mucha 

creo que tenés razón 
la culpa es de uno cuando no enamora 
y no de los pretextos 
ni del tiempo 

hace mucho muchísimo 
que yo no me enfrentaba 
como anoche al espejo 
y fue implacable como vos 
mas no fue tierno 

ahora estoy solo 
francamente 
solo 

siempre cuesta un poquito 
empezar a sentirse desgraciado 

antes de regresar 
a mis lóbregos cuarteles de invierno 

con los ojos bien secos 
por si acaso 

miro como te vas adentrando en la niebla 
y empiezo a recordarte.

Mario Benedetti